Laura Ortega es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de La Rioja y formada en Dirección de Escena en la RESAD (Madrid). Ha dirigido montajes como Intemperie, Monsieur Goya y Fandangos y tonadillas en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con una extensa trayectoria como ayudante de dirección, ha colaborado durante más de una década con Andrés Lima. Compagina su labor creativa con la fotografía de escena y la docencia, reflexionando siempre sobre los procesos de creación contemporáneos.
¿Cuándo fue la primera vez que pensó en ser directora?
En un aula de la facultad de Filología Hispánica. Necesitaba salir de las páginas, llevar las palabras a la acción. Era mi manera de escribir.
¿Y cuándo sintió que lo había logrado?
Creo que dirigir es un estado, no un logro. Siento que sigo “dirigiendo”.
Su primera vez sobre las tablas fue en…
La RESAD fue mi primer teatro. Allí estrené dos obras a las que me gusta volver de vez en cuando: La habitación del mediodía (una adaptación del cuento de Michael Ende) y Donde cubre de Bernardo Sánchez Salas. Creo que ambas, por extremos, abrían un origami muy grande de cómo me imaginaba una puesta en escena y qué podía pasar en ella.
Y la última ha sido en…
En el Centro Dramático Nacional con Historia de una maestra, donde acompaño a Raquel Alarcón en la dirección asociada. Un espectáculo sobre las maestras de la Segunda República y la necesidad de romper silencios. Tenía muchas ganas de interrogar esta otra parte de nuestra historia (esa España que pudo ser) desde que empezamos a documentar 1936 hace un par de años.
¿A quién admiraba de pequeña?
A las contorsionistas.
¿A quién admira ahora?
A las que siguen siendo contorsionistas.
Aprendí mucho de…
De mis maestras y de mis maestros. De las creadoras y creadores con las que he tenido el placer de compartir proyectos a lo largo de estos años de investigación y expansión. De mis amigas, que son mi patrimonio. De mi familia, la teatral y la que no.
No me ha enseñado nada…
Hasta lo peor enseña.
¿Qué personajes célebres le gustaría dirigir?
Tengo una admiración especial por Olivia Colman y Benedict Cumberbatch. Con ellos me atrevería a dirigir un Macbeth.
¿Con qué nuevos compañeros le gustaría trabajar?
Hay muchas compañeras y compañeros con las que aún no he trabajado y me encantaría hacerlo: Oriol Pla, La Zaranda, Ana Vallés, Iñaki Ricarte, Ruth Rubio, Juan Paños, María Rodríguez Soto, el Patio Teatro.
¿Cómo se gestiona la incertidumbre ante un proyecto que no llega?
Pensando en el siguiente.
¿Cómo se celebra cuando sí llega?
Tengo un gesto aprendido. Me llevo la mano al pecho y digo ¡vamos, Laura!, como si fuera la entrenadora de un deporte de riesgo. A veces uno hace cosas absurdas pero eficaces.
Una directora debe tener un plan b para poder sobrevivir, ¿cuál es el suyo?
Soy una artista obrera. No es una forma de acallar el síndrome de la impostora, sino de poner conciencia de clase también sobre lo artístico. Soy la hija de un electricista y de una modista, de modo que mis primeras enseñanzas tuvieron que ver con el valor del trabajo y el sacrificio. No tener familia rentista ni apoyos institucionales en continuidad me hace vivir muy al día. Madrid es una gran tragantúa. Así que si yo quería vivir del y en el teatro, sabía que tenía que entrenarme en todas las aristas del proceso de creación: dirigir, ayudar, fotografiar, escribir, acomodar… No se me caen los anillos, como dice mi abuela Delfina.
¿Cuáles son las historias que más le atraen actualmente para dirigir?
Las que me rozan. No puedo dirigir aquello que no me interpela, interroga o me desplaza. Para mí lo más fascinante de un espectáculo es el proceso de creación; ese espacio donde todo se despliega.
¿El mejor momento vivido sobre las tablas?
He cumplido la mayoría de edad en las tablas. Entre mis momentos favoritos: ver bajar a Aitana Sánchez Gijón las escaleras de Mérida como Medea, bailar con Eduard Fernández un bolero que ponía mi padre, interrogar a Nuria Espert en El pan y la sal, o declarar mi amor en el Teatro de la Abadía haciendo sonar a los Niños Mutantes. El escenario me sigue pareciendo el mejor sitio en el que estar.
¿Y el peor?
Cada vez que tengo que “apuntar” a un actor. Siento que le mato y que me mato.
El primer espectáculo que fue una catarsis para mí fue…
La trilogía de los dragones de Robert Lepage. Fue transformador. Me enseñó una gran lección: lo que no había era tan poderoso como lo que había; todo sucede en la imaginación del espectador.
¿Y el último catártico ha sido?
Travy de la familia Pla. Sin duda uno de los espectáculos que se van a quedar en mi memoria teatral. Qué sensibilidad, qué ternura, qué lucidez y qué herida.
¿Cómo se maneja la autocensura para tratar ciertos temas?
Intentando que no hable demasiado alto. Creo que “la libertad en la creación” es de las cualidades que más admiro y reclamo en un creador.
¿Qué le anima a no rendirse en esta profesión?
Sencillamente seguir.
¿Qué le gustaría estar haciendo dentro de diez años? ¿Y en dónde?
Crear desde lo despacioso, sin la tiranía de una ciudad cada vez más hostil como Madrid. He comprado un pajar en un pueblecito de La Rioja al que he llamado “La Calma”. Mi idea es crear un espacio de acogida artística para proyectos que necesiten sedimento. La “hospitalidad” es uno de mis territorios artísticos.
Foto Portada: Koldo Olabarri
