Jorge Usón es actor, cantante y médico psiquiatra de formación.
Actualmente está girando con la obra “Un Tranvía Llamado Deseo” de Tennessee Williams y acaba de rodar la película de Javier Fesser “Perfectos Conocidos”.
En 2010 fundó en Zaragoza su propia compañía Nueve de Nueve Teatro, con la que ha conseguido cuatro Premios Max de las Artes Escénicas y el Premio Artes y Letras del Heraldo de Aragón. En 2020 escribió y dirigió su ópera prima “La Tuerta” y obtuvo el Max a Mejor Autoría Revelación. Ha trabajado en más de 20 producciones teatrales entre las que destaca “La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca dirigida por Declan Donelland para el Festival Internacional de Edimburgo y “Arte” dirigida por Miguel del Arco que le valió el Premio a Mejor Actor Protagonista de la Unión de Actores.
¿Cuándo fue la primera vez que pensó en ser director?
Hace años comencé a dar clases a actores y bailarines sobre técnica actoral y ahí empezó todo. Aparecieron cuestiones que quería llevar a cabo con una forma y una estética determinadas. La propuesta de la actriz María Jáimez de trabajar juntos fue el detonante definitivo.
¿Y cuándo sintió que lo había logrado?
Cuando vi La Tuerta estrenada y rulando por los pueblos. Nunca he tenido una sensación personal de logro; siempre lo he vivido de forma colectiva. Yo el teatro solo lo entiendo así.
Su primera vez sobre las tablas fue en…
Mi colegio, con 11 años, interpretando al Fantasma de Canterville.
¿Y la última ha sido en…?
En el Teatro Cuyás de Las Palmas, interpretando a Mitch en la obra Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams.
¿A quién admiraba de pequeño?
He sido muy mitómano. Muy de Drácula, de Frankenstein… Yo quería ser Mary Poppins: quería volar, usar zapatos de tacón y tener poderes.
¿A quién admira ahora?
Admiro a mis amigos, a mi pareja, a las personas con quienes he conseguido la ternura, el trabajo y la confianza.
Aprendí mucho de…
Mis abuelos. Los cuatro. Tuve mucha suerte de haber compartido tanto con ellos hasta casi mis 30 años.
No me ha enseñado nada…
MasterChef.
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¿Con qué nuevos compañeros le gustaría trabajar?
Esa es la sal de mi profesión: los compañeros. Estoy deseando vérmelas con un buen puñado y admito que trabajar con Javier Bardem o Penélope Cruz me haría muy feliz.
¿Cómo se gestiona la incertidumbre ante un proyecto que no llega?
Yendo a la psicoanalista y contando con mis íntimos amigos. Los actores necesitamos al menos una persona con la que poder hablar de todo y con quien comer los domingos. No podemos ir solos por esta jungla.
¿Cómo se celebra cuando sí llega?
De la misma manera: con amigos.
Un director debe tener un plan B para poder sobrevivir. ¿Cuál es el suyo?
Supongo que volvería a la psiquiatría, porque es lo que estudié.
¿Cuáles son las historias que más le atraen actualmente para dirigir?
De momento no podría dirigir algo que no haya escrito yo. He tenido algunas revelaciones, algunas inspiraciones, pero no ha podido ser por ahora. Esperaré a que el teatro me convoque.
¿El mejor momento vivido sobre las tablas?
Los estrenos de las obras de mi compañía (Nueve de Nueve Teatro). Como son de creación propia, se viven con toda la emoción y también con todo el riesgo. En mi compañía las obras son una parte íntima de nosotros mismos. Por eso producimos poco, pero con sustancia.
¿Y el peor?
Las ferias de teatro. Son una especie de festivales donde se exhibe un espectáculo para que, si les interesa a los programadores, lo contraten. No entraré en detalles personales, pero son el anti-teatro. Deberían extinguirse.
El primer espectáculo que fue una catarsis para mí fue…
Cabaré de caricia y puntapié. Lo actuábamos Carmen Barrantes y yo, y nos dirigía Alberto Castrillo-Ferrer. Una locura, con mucho esfuerzo, que nos cambió la vida.
¿Y el último catártico ha sido…?
La Tuerta.
Una obra que le haya herido su sensibilidad como espectador…
El teatro tiene la obligación de herir sin dañar, y eso es maravilloso. Me pasó con Ubú Roi de Declan Donnellan o con cualquiera de Bob Wilson. Hace tiempo que no me sucede.
¿Y una que le haya insultado a su inteligencia…?
Esa expresión me recuerda a Michael Corleone. No la reconozco en mí.
¿Cómo se maneja la autocensura para tratar ciertos temas?
Yo no creo que el teatro deba sufrir los límites de nuestros pequeños mundos. Debemos ser canales y prestar al teatro lo que necesite de nosotros. Si las convicciones o la moral se interponen en el proceso, habrá que dejar a otro que prosiga el trabajo.
¿Qué tal sientan los premios? ¿Cómo se digieren para continuar después?
Sientan fenomenal la noche en que te los dan; luego te ponen a trabajar para que te den otro.
Querría conocer a…
Jesucristo.
¿Qué le anima a no rendirse en esta profesión?
Yo doy fe de que el teatro puede conseguir la maravilla que nos concierne a todos los seres humanos y nos transforma espiritual y colectivamente. Ahí debemos apuntar. Intentar siempre ser magníficos.
¿Qué le gustaría estar haciendo dentro de diez años? ¿Y dónde?
Me veo como actor haciendo una gran obra en mi país y de gira por Latinoamérica. Ahí está mi sueño por cumplir.
